La aprobación por parte de la Hermandad de la Esclavitud del Cristo de Burgos de la adquisición de un nuevo marco procesional marca, sin duda, un momento histórico en la vida de la corporación. Como ocurre en todas las instituciones vivas, llega un momento en que las circunstancias cambian, las sensibilidades evolucionan y las mayorías expresan nuevos deseos sobre el futuro. No necesariamente para romper con el pasado, sino para escribir un nuevo capítulo de una historia que sigue avanzando.
A lo largo de tres centurias se ha cumplido fielmente la voluntad de Ildefonso Rodríguez Contreras, el generoso donante del histórico marco procesional. Gracias al compromiso mantenido por sus descendientes generación tras generación, el legado recibido ha llegado hasta nosotros conservando no solo su integridad material, sino también el significado simbólico que le otorgó quien lo donó. Ese hecho merece un reconocimiento sincero y permanente por parte de quienes valoran la historia del Cristo de Burgos.
Pocas veces en nuestra historia local una voluntad particular ha sido respetada durante tanto tiempo con semejante fidelidad, algo que, lejos de ser un motivo de controversia, debería ser una razón de agradecimiento. Durante ciento setenta años, la memoria y los deseos de Ildefonso Rodríguez Contreras han permanecido presentes en la vida de la localidad, cumpliéndose exactamente aquello que quiso para su donación, luego resulta muy difícil encontrar ejemplos similares de continuidad y respeto a un legado personal.
Sin embargo, la propia historia enseña que nada permanece inmutable. Las hermandades y los pueblos cambian porque las generaciones cambian. Y precisamente porque amamos nuestro patrimonio debemos comprender que la historia no consiste únicamente en conservar (que también), sino en adaptarse cuando las circunstancias así lo demandan.
Y es que la decisión adoptada por la hermandad responde a la voluntad expresada por una mayoría de hermanos. Nos podrá gustar más o menos, pero forma parte de las reglas de funcionamiento de la institución. Durante ciento setenta años prevaleció la voluntad del donante del marco, pero hoy se abre una etapa en la que se ha impuesto la voluntad mayoritaria de la corporación. Y ambas realidades son compatibles con el respeto a la historia.
De hecho, quizá la adquisición de un nuevo marco no deba contemplarse necesariamente como la sustitución del anterior. Tal vez haya llegado el momento de inaugurar un tiempo distinto en el que ambos puedan convivir. Porque resulta evidente que la situación actual ha generado tensiones que difícilmente pueden prolongarse indefinidamente, y porque la convivencia entre tradición y renovación suele ofrecer mejores soluciones que las planteadas desde posiciones excluyentes.
La historia demuestra además que los cambios no siempre son negativos. Muchas de las tradiciones que hoy consideramos intocables fueron en su día innovaciones que despertaron recelos. Lo que el tiempo acaba juzgando no es si hubo cambios, sino si estos fueron capaces de integrarse respetuosamente en la memoria colectiva.
Al mismo tiempo, la experiencia también nos recuerda la importancia de no descuidar nuestros bienes legados, porque Cabra conoce demasiado bien las consecuencias de la desidia institucional y de la falta de sensibilidad hacia su patrimonio. Sirvan como ejemplo dos lamentables sucesos. En primer lugar el triste destino de los valiosos cuadros donados en su día por el padre Sanvítores que abandonaron la parroquia junto a otras obras de arte en circunstancias que hoy seguimos lamentando. Otro ejemplo aún más reciente es la venta de la antigua ermita de San Marcos, un inmueble estrechamente ligado a nuestra memoria colectiva, que formaba parte de la própia génesis de Cabra. Más allá de las circunstancias que rodearon esta operación, el caso vuelve a poner de manifiesto las consecuencias de una protección y conservación insuficientes, pues, cuando falta una verdadera conciencia de custodia, los bienes heredados de generaciones anteriores acaban perdiéndose, deteriorándose o alejándose de su función original, empobreciendo así la memoria histórica de toda una comunidad.
Ambos episodios, ocurridos en 1961 y 1989, constituyen una seria advertencia sobre los riesgos de descuidar un patrimonio que, una vez perdido, difícilmente puede recuperarse.
Existe además otro ejemplo que invita a reflexionar con serenidad sobre la importancia de la custodia patrimonial. La histórica bandera de los Arrieros, hoy considerada una pieza más de la memoria colectiva de Cabra, que tras ser modelo e inspiración para la bandera oficial del municipio ha llegado hasta nuestros días gracias a la conservación ejercida durante décadas por los descendientes de Ildefonso Rodríguez Contreras. Pues en un momento determinado, cuando las circunstancias hicieron aconsejable que alguien asumiera de forma directa su cuidado y conservación, la pieza quedó fuera de la dinámica habitual de la hermandad y fueron precisamente estos descendientes quienes garantizaron su preservación y gracias a ello, hoy puede ser restaurada, estudiada y valorada por las nuevas generaciones.
Este suceso no debe interpretarse como un reproche hacia nadie, pues cada época tuvo sus prioridades y sus limitaciones, sino como una demostración de que, una vez más, la colaboración y sensibilidad de parte de la sociedad civil ha resultado fundamental para que determinados bienes patrimoniales hayan sobrevivido hasta nuestros días. En definitiva, del mismo modo que lamentamos la pérdida de otras obras de extraordinario valor, como los cuadros donados por Diego de Sanvítores, debemos reconocer con justicia a quienes hicieron posible que piezas tan representativas como la bandera de los Arrieros sigan formando parte de la historia viva de Cabra.
Precisamente por eso, la custodia ejercida durante casi dos siglos sobre el marco procesional merece un reconocimiento aún mayor. Porque, si hoy podemos debatir sobre su futuro es porque alguien se preocupó de conservarlo. Y si el pueblo cuenta todavía con una pieza que forma parte de su identidad colectiva, es porque durante generaciones hubo quienes entendieron que preservar el patrimonio era una responsabilidad y no una simple cuestión de propiedad.
No obstante y sin perjuicio de lo anterior, conscientes del potencial de este medio y en consonancia con nuestro ánimo conciliador, nos reservamos la posibilidad de hacer público un estudio sobre el estado actual de la pieza.
Por todo ello, quizá este momento deba interpretarse menos como el final de una etapa que como el comienzo de otra. Una nueva etapa en la que el histórico marco siga ocupando el lugar de honor que le corresponde por su significado histórico y sentimental, mientras el nuevo proyecto responde a las aspiraciones de una mayoría de hermanos. Una etapa en la que la voluntad del donante continúe siendo honrada por todo lo que hizo posible, pero en la que también se reconozca la legitimidad de una decisión adoptada democráticamente por la hermandad.
Porque las instituciones sobreviven no cuando permanecen inmóviles, sino cuando son capaces de integrar su pasado en el futuro. Y porque el mejor homenaje que podemos rendir a quienes nos precedieron no es detener la historia, sino procurar que la historia continúe, sin olvidar nunca de dónde venimos.





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