Antonio Luque Alaya… in memoriam

Tras el fallecimiento de nuestro querido maestro habíamos pensado redactar una nota que destacara esos valores profesionales y humanos por los que siempre será recordado, pero no íbamos a superar el artículo que ya escribió nuestro buen amigo Pantaleón López Villanueva, titulado “Primera etapa” y que salió publicado en el número uno de la revista Contraluz. Ese mismo número incluía otro delicioso artículo de Antonio Luque titulado “Mi paso por Cabra… con Carmen, por supuesto” que era un complemento del anterior, pues en este, Antonio relataba sus años de estancia entre nosotros.

No faltó a la presentación de aquel primer número de nuestra entrañable revista y aprovechamos la ocasión para reunir a buena parte de los que fuimos sus alumnos. Queda la imagen para recordar aquel día lleno de recuerdos y emociones.

Cabra del Santo Cristo, agosto de 2004. Reunión de antiguos alumnos de Antonio Luque Alaya. Fuente: propia

Primera etapa…..

Publicado en Contraluz, número 1. Revista de la Asociación Cultural Arturo Cerdá y Rico. Págs.195-200

Pantaleón López Villanueva

Me contaba un amigo que a veces, en su adolescencia tardía, una vez que la fuerza de atracción de la parejas venció a  la de atracción del núcleo del grupo de amigos, cuando presentía  la pesada carga que supondría el llevar una vida independiente y autónoma en un mundo al que había sido introducido sin pedirle realmente permiso,  en ciertos momentos entonces,  sentía  el deseo de salir de su propia piel y escapar de sí mismo corriendo, de volver atrás, de regresar al cálido útero materno a pensárselo un ratito más.

Pues bien, hoy me han dado a mí la oportunidad de salir corriendo hacia atrás en el tiempo, pero no me propongo llegar tan lejos, me apearé del viaje en mi infancia, en mi primera etapa escolar, aquella que muchos buenos amigos compartimos con nuestro maestro D. Antonio Luque.

Nuestra aula se encontraba en la calle “Maestro Avelino del Peral” a una distancia enorme del inhóspito recinto principal del colegio “Arturo del Moral”, donde se encontraban los huraños mayores y otros niños de nuestra edad pero  que debido a tamaña distancia de separación eran también para nosotros un poco extraños.

En nuestra isla colegial había dos aulas, el aula de arriba y el aula de abajo, además había unos comedores que utilizaban los niños que no vivían en el pueblo y los de Cabra en época de recogida de la aceituna, unos jardines con rosales que estaba prohibido tocar y árboles a los que estaba prohibido subirse. El edificio miraba a la calle  a través de unas vallas metálicas infranqueables que nos separaban del mundo y nos defendían de las esporádicos intentos de invasión de los mayores. Don Antonio nos había aleccionado a defendernos de ellos como una piña y aquellas murallas ayudaban.

Detrás había un espacioso patio donde hacíamos gimnasia y que daba luz a los grandes ventanales traseros del aula, y que, dicho sea de paso, a veces nos permitían hacer burla y dar envidia, cuando el maestro no nos veía, a los que esporádicamente se quedaban castigados sin recreo por no haber hecho los deberes o por alguna trastada.

Enfrente había un inmenso solar con  un largo poyato, varios pinos y mucha tierra, que por supuesto estaba allí  para permitirnos hacer hoyos, tirarnos piedras, jugar al salto ruso y corretear unos detrás de otros y de otras.

La entrada al campo de fútbol, que era grandísimo, se encontraba entre el recinto principal del colegio y nuestra aula satélite particular y junto a la tapia de éste había una torreta de alta tensión adornada con un letrero en el que se podía leer “peligro de muerte”,  y a la que respetamos hasta que descubrimos que los mayores la utilizaban para acceder al campo de fútbol cuando las puertas del mismo estaban cerradas o para realizar carreras de escalada, cosa que no tardamos en imitar.

En el aula de arriba se impartió clase durante los primeros años, pero más tarde se acabó reservando como lugar de ensayo de la antológica orquesta Sonimax, de la que el director de las escuelas, Don Juan Montes, formaba parte.

El aula de abajo sin embargo estuvo llena de vida, porque allí, en nuestra isla, durante 4 años nos reunimos unos 40 niños y niñas,  provenientes de Cabra, los Ciruelos, la estación de Cabra y la estación de Huesa, en la misma clase y con el mismo maestro.

En aquellos años, durante el recreo, unos señores llegaban y nos repartían leche gratis a través de la valla metálica. Todos nos empujábamos y agolpábamos  gritando “aquí!”, “a mí primero!”, con nuestros vasos levantados, en una escena que bien podría haber sido sacada hoy en día de un reportaje de un campo de refugiados si no fuera porque una vez teníamos nuestro vaso lleno vaciábamos en él los paquetitos de Cola-cao y azúcar que nuestras madres preparaban cuidadosamente y traíamos de casa en los bolsillos o la carpeta, y claro a los ojos de cualquier observador el aporte posterior de los dulces aliños restaría dramatismo a la escena.

Mi amigo, el de antes, me comentó que la parte del cuerpo que se constituye en nuestro foco de atención va evolucionando de los pies a la cabeza conforme acumulamos años. Empezamos de bebés descubriendo que tenemos pies y que estos tienen en verdad una forma muy rara que llama nuestra curiosidad, después son las rodillas las que toman el papel principal, empezamos gateando y continuamos apoyándonos en ellas para nuestros juegos durante años, posteriormente el interés se traslada a la entrepierna, no hace falta creo entrar en explicaciones, más tarde el punto neurálgico es  el estómago, nos gusta disfrutar de las buenas viandas y los buenos caldos con nuestra pareja y nuestros amigos, seguidamente es el corazón el centro de operaciones, y las relaciones afectivas ya hacia nuestra propia familia, finalmente, ya ancianos, es nuestra cabeza y su memoria, la que nos permite irnos de recreo, escapar de un cuerpo que ya no nos obedece como quisiéramos, rememorar los momentos y experiencias vividas y relatarlas a quien tiene la paciencia de escucharlas .

Pues bien, en aquellos años disfrutábamos aún con las rodillas y D. Antonio al que esto le resultaba evidente, se preocupaba de hacernos pasar revista antes de entrar a clase:  de rodillas, manos y uñas, y de mandarnos al lavabo cuando la mugre superaba el umbral admisible.

Alineábamos las carpetas por riguroso orden de entrada al recinto antes de entrar en clase; por mucha prisa que me diera la carpeta de Ángel “pistolillas” siempre era la primera. El ritmo lectivo se seguía marcialmente, primero se explicaban las lecciones, luego se hacían ejercicios y finalmente se corregían, como en todos sitios, aparte por supuesto teníamos actividades extraescolares. Lo novedoso estaba en como se hacía todo, en la ilusión invertida en el arte de enseñar.

D. Antonio cambiaba constantemente la organización del aula y la forma de impartir las clases, buscando la configuración más divertida y mas eficiente.

Una de las más exitosas consistió en colocar los pupitres en grupos donde nos sentábamos por igual niños y niñas unos enfrente de otros, cada grupo adoptaba el nombre de un equipo de fútbol (menos el del Rayo Vallecano, que ese estaba reservado siempre para el maestro), y nombraba un capitán, y con estos equipos organizábamos competiciones. Se dividía la pizarra en 2 partes y… comenzaba el partido: El Real Madrid contra el Valencia, los capitanes elegían a su mejor jugador para cada asignatura y el que acertaba antes la respuesta a los ejercicios y preguntas del maestro recibía puntos. El número de puntos acumulado se canjeaba a final de mes por caramelos, y fijaba tu posición en la escuela y en qué grupo de pupitres te sentabas. Cuando las diferencias en las posiciones y por lo tanto en el nivel académico de los distintos alumnos eran apreciables, D. Antonio cambiaba la organización sentando a los niños y niñas más aventajados con los más retrasados, para que nosotros mismos nos aclarásemos las dudas académicas en nuestro propio lenguaje. Cuando conseguíamos logros, teníamos buen comportamiento o iniciativas recibíamos nuestro premio en puntos, cuando vagueábamos o realizábamos alguna trastada se nos castigaba.

El sistema era competitivo, sí, pero el buen maestro se ocupaba de que la competición fuese lo más sana posible, sin menosprecios ni burlas, aunque a veces costaba trabajo… ya se sabe como las gastamos los críos.

Tras la clase pasábamos la tarde jugando, al fútbol, a los matados, a policías y ladrones, a la rayuela, a la comba, porque niños y niñas dábamos clase juntos y también jugábamos después juntos sin problemas. Recuerdo que en aquellos tiempos se emitían en televisión entrañables series de dibujos animados y de películas  “Pipi Calzaslargas”, “La piedra blanca”, “Viky el vikingo”…. y Antonio Ruiz, mi hermana, Ascensión y a veces también Ramón “el Bollero” y Mari Carmen Puerto Cejudo,  e incluso alguna vez Begoña , invadíamos durante la noche el Colegio Arturo del Moral y pasamos largos ratos encaramados en nuestra nave vikinga particular, un árbol situado en la esquina de la calle que conduce a la piscina y que por fortuna aún permanece allí milagrosamente después de todos estos años. 

Cuando cumplíamos años teníamos que llevar caramelos para el resto de la clase, y D. Antonio nos daba un suave tironcito de orejas por cada año, mientras todos en la clase coreábamos el número de éstos. Lo mejor era cuando los cumplía él, porque la cantidad de caramelos que recibíamos y de tirones de orejas que le propinábamos, ya no tan suavecitos, se multiplicaba en proporción.

De vez en cuando organizaba concursos de canciones, que había que ensayar en serio, y nosotros mismos actuábamos de jurado. Las clases de manualidades eran geniales y divertidas y poco a poco fuimos llenando nuestras cases de dibujos, manteles, casitas de madera y objetos variopintos.

Antes de vacaciones de Navidad  escribíamos nuestra carta a los reyes Magos, y estos sabios Magos nos contestaban !!. Cada uno de nosotros recibíamos una carta de Melchor Gaspar y Baltasar, según el caso, con matasellos de ¡ la Plaza de Oriente de Madrid!, en las que se hacía un repaso de nuestras virtudes, pero también de nuestras travesuras, y lo asombroso es que las conocían todas, claro, por algo eran magos!!. 

Al volver a clase todos teníamos que llevar los juguetes que nos habían echado para enseñarlos a los demás y jugar  con ellos. Mis juguetes, como los de otros muchos, no eran precisamente los más sofisticados, pero aquella jornada de ofrenda “juguetil” sucedía de una forma muy natural y de hecho no recuerdo haber sentido envidia alguna, aunque sí curiosidad por saber cuales eran las buenas acciones que algunos niños habían hecho para ser obsequiados de aquella manera.

El curso terminaba con la entrega de  los diplomas y la representación de obras de teatro o canciones que previamente preparábamos a conciencia (el médico a palos, los tres alpinos, “cuando Fernanda Sáptama asaba palatán”, etc.) y que aún muchos recordamos.

Aunque no han pasado tantos años, la situación era bien distinta a la actual: las permanencias, que eran como extensiones del horario escolar financiadas por los padres de los alumnos en dinero o especie, en teoría voluntarias, en la práctica no tanto,  permitían a los maestros aliviar su entonces maltrecha economía, y estaban a la orden del día; el castigo corporal se consideraba aún algo intrínseco al hecho de enseñar.

Nosotros vivimos las permanencias, alguna vez que otra, las menos, recibimos un cachete, nos castigaron, pero sobretodo, sobretodo… aprendimos divirtiéndonos.

Recuerdo, como anécdota, que nuestro maestro se  ausentó una vez durante varios días; nos trasladaron al recinto principal del colegio y nos repartieron entre varias clases. En la que a mí me tocó un alumno nativo le preguntó a la maestra: “señorita, me puedo quedar de silencio?” “Sí anda” le respondió, sin levantar los ojos de la revista o periódico que estaba leyendo en aquellos momentos, entonces cogió una regla de madera maciza y comenzó a pasear entre los pupitres manteniendo a raya, regla en mano, a todo aquél que se atrevía a hablar o moverse demasiado. Nos dimos cuenta que no en todas las clases se seguían los mismos métodos de enseñanza, y deseamos profundamente volver a nuestro refugio cuanto antes.

No sé si sería por aquél ambiente de enseñanza dinámico y abierto en el que nos estábamos criando o por otra causa, pero lo cierto es que un día Antonio Ruiz y un servidor nos planteamos publicar una revista en la escuela, rondábamos entonces los 10 años creo, era el año de la muerte de Franco; nuestro maestro nos dijo que eso era complicado, que había que obtener un permiso especial previamente, así que ni cortos ni perezosos, sin decirle nada a nadie, ni a él ni siquiera a nuestros padres, le escribimos al ministro de Educación y Ciencia solicitando su aprobación. Lo bueno del caso es que éste nos respondió en una carta con membrete oficial y letra gótica, que llegó a mi casa y que ambos guardamos celosamente durante mucho tiempo. Me consta que hubo alguna indagación oficial parta averiguar si allí se estaba cociendo algo raro y me temo que esto pudo causar algún contratiempo a D. Antonio y al director del colegio, nada serio afortunadamente (espero).

En nuestra aula aquel grupo de niños fuimos creciendo juntos y conociéndonos, ¡nos conocemos desde hace tanto tiempo! y eso se nota aún. La mayoría ya no vivimos en el pueblo, pero muchos aún nos reencontramos en época de vacaciones y nos saludamos con cierta mirada de complicidad,  otros por desgracia no se dejan ver desde hace mucho tiempo, porque se marcharon del pueblo y no han vuelto por allí; Paquito tampoco, porque un aciago día se puso enfermo y al poco tiempo se nos fue, aunque yo sigo aún saludándole cuando visito el camposanto.

A todos D. Antonio nos guió durante aquella primera etapa escolar, y al terminar ésta se nos marchó, con Carmencita, su dulce esposa, y su hijo Antonio; como había llegado, sin ruido, regalándonos a todos un libro con una dedicatoria personalizada que muchos aún guardan, y dejándonos en las buenas manos de un trío de profesores ( D.Antonio Linde, D. Alberto y Dña. Juanita) para que tomasen el testigo y continuasen conduciéndonos por nuestra segunda etapa; pero ésta es ya otra historia…. 

Dedicado a D. Antonio, Carmencita y Antonio, y a mi hermana Carmen, Antonio Ruíz, Ramón “bollero”, Paqui, Marciano, “Chiqui”, Ramón Reyes Romera, Diego “canana”, Raimundo, Blas, Pedro, Jerónimo, Basilio “el panadero”, Rafael, Ángel, Ramón Perea, Ramón “corneta”, Paquito (desde el cielo), Ascensión, Antonio “el totovío”, Tiscar, Mª Carmen Puerto Cejudo, Begoña, Encarnita Cardenete, Encarnita López Enciso, Paquita Aznar, Ana María y Juan José, Magdalena, Carmen Cano, Miguel “el jardinero”, Juanita, Cantisano, Joaquín, Alberto y Manolo Recio, y si me dejo alguno en el tintero… perdón. 

Cabra del Santo Cristo, 18 de junio de 1978. Aula de 5ª de EGB del “Colegio Nacional Arturo del Moral”. Fuente: Antonio Luque Alaya

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