Ramón Rodríguez Perea, docente, periodista y literato cabrileño

Resulta muy satisfactorio encontrar historias de personas de nuestro pueblo a los que se les recuerda, no precisamente aquí, sino allí donde ejercieron su profesión y se desarrollaron vitalmente. Es el caso de Ramón Rodríguez Perea, un cabrileño que dedicó su vida a la docencia y que tras su paso por Guadix, Granada, Marmolejo y Villanueva de la Reina, recaló en Villanueva del Arzobispo donde dejó una profunda huella. Pero Ramón no sólo destacó en la docencia, pues escribió obras de teatro que llegaron a representarse en varios lugares de la geografía provincial y también colaboró regularmente en El Pueblo Católico, donde sus escritos, cargados de moral, fueron muy apreciados.

Lo conocí casi por casualidad, pues hace varios años que mi buen amigo Salvador Contreras Gila, actual gerente del Instituto de Estudios Giennenses, en su incansable afán divulgador de la cultura provincial me envió un voluminoso paquete lleno de libros y revistas editados por este prolífico ente cultural. Entre estos libros venían varios ejemplares de la revista Elucidario y era precisamente en su número uno donde encontré un artículo que me llamó la atención: “Biografía y producción biográfica de Ramón Rodríguez Perea[1], pues hojeándolo, comprobé que en su primera página aparecía repetidas veces el nombre de nuestro pueblo. Después comprobé que glosaba sobre la figura de un cabrileño cuya talla intelectual, profesional y humana lo hicieron merecedor de ocupar un lugar en la historia de Villanueva del Arzobispo, el lugar donde vivió buena parte de su vida y donde ejerció una fructífera labor docente, periodística y literaria. Sirva este artículo para sacar del anonimato a este personaje y, de alguna manera hacerle justicia en su pueblo natal, por lo que resumiremos aquí algunas de las virtudes de este cabrileño, hasta ahora desconocido en su pueblo.

Ramón Rodríguez Perea nació en Cabra del Santo Cristo en 1831. Su padre, Agustín Rodríguez era un industrial granadino, mientras que su madre, Juana de Dios Perea sí era natural de Cabra. Los negocios de su padre motivan que muy joven se traslade a Guadix, donde se casará con Concepción Rodríguez y nacerán dos de sus hijas. Previo, había realizado sus estudios de magisterio en La Normal de Granada. Tras su paso por varias localidades recala en Villanueva del  Arzobispo en 1870, cuando contaba con treinta y nueve años de edad y será aquí donde viva el resto de su vida. No obstante, Ramón siempre llevó a gala ser de Cabra del Santo Cristo y como botón de muestra, este extracto de un artículo de El Pueblo Católico publicado en enero de 1907 titulado “Una bruja encantada”: “Han de saber mis queridos lectores, que yo soy hijo de Cabra; pero con mis setenta y cinco años no tengo ya edad de choto. Me explicaré: yo soy hijo de Cabra del Santo Cristo…”. Tal es su amor a su localidad natal que en el número 575 de este periódico -donde publicaba asiduamente-, escribe que enviará a un querido amigo su producción teatral con el objetivo de que fuera representada en nuestro pueblo, algo que también pone de manifiesto la afición que siempre hubo al teatro en Cabra del Santo Cristo:

Hombre de profundas convicciones religiosas, su innegable compromiso político lo acerca a postulados conservadores, aunque sus reivindicaciones por una profesión digna resultan habituales en sus artículos, como uno publicado en 1900 donde se pone de manifiesto la precaria situación de aquellos maestros, llegada su jubilación: “Aprended, maestros de mí, lo que va de ayer a hoy: A dos carrillos comí, y ahora con el pan no doy…”.

Pero el panorama político y social de aquella España finisecular de La Restauración tampoco escapa a la afilada pluma de nuestro personaje:

Destacamos algunas de las palabras que el autor de este interesante trabajo dedica a este

maestro de maestros, del que sólo podemos transmitir consideraciones favorables, pues fue querido y respetado por todas las clases sociales, a las que sin duda transmitió sus buenos conocimientos del magisterio”…

De esta manera, en 1909, un año antes de su muerte publica un cuento titulado “De mi vida de muchacho” que comienza así: “Ha de saber Usted mi respetable Director, que voy a contarle un episodio de mis travesuras de muchacho…”. Así, en el final de su vida, nuestro viejo maestro retorna a su infancia y a su pueblo, “allá en las lindes de Granada, en el hermoso pueblo que lleva por nombre Cabra del Santo Cristo; como le ocurre a toda criatura cuando alcanza la vejez, los recuerdos más recientes se convierten en un estorbo continuo para su mente, pero en cambio, los más remotos, aquellos que tienen que ver con las primeras experiencias de la vida, surgen vívidos y transparentes, convirtiéndose en el último reducto de la existencia del hombre”.  

Será el 20 de diciembre de 1910 cuando muera este cabrileño cuya vocación y carácter lo hicieron merecedor de formar parte de la historia de Villanueva del Arzobispo.

Obra teatral manuscrita de Ramón Rodríguez Perea. Fuente: Revista Elucidario

 


[1] RODRIGUEZ ASENSIO, F.J. Biografía y producción bibliográfica de Ramón Rodríguez Perea. Elucidario, nº 1. Jaén, 2006. Págs. 321-332.

 

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