Un paisaje compartido por caminos de ida y vuelta

Este artículo, que forma parte del catálogo de la exposición “Diálogos en la distacia. Cerdá y Zabaleta”, describe en forma de relato literario el paisaje que hay entre las sierras de Mágina y Cazorla. Un territorio poco poblado y desconocido que pertenece a los términos municipales de Cabra del Santo Cristo, Quesada, Larva y Huesa.

Acto primero.- Con las primeras luces de aquel día de un mes de julio abrasador, Arturo Cerdá avanza a lomos de su jaca blanca entre los centenarios olivares por el camino de Llanoquesá. Le acompañan en sendos corceles, Basilio, colega y amigo, y Miguel, uno de sus manijeros. Por fin pasará los días que le prometió a Basilio en Quesada. Tiene ganas de ver a Josefa y de conocer a Cesáreo, el niño que llegó hace apenas un año. Pese a su avanzada edad, Arturo conserva un aceptable estado de salud, aunque sabe que eso puede cambiar en cualquier momento y no quiere dejar pasar la oportunidad de visitar a la familia de su amigo, el joven médico que conoció durante los años en que este ejerció en Cabrilla.

Pronto, tras cruzar el Arroyo Salado harán un primer descanso junto a la fuente de la Huerta de Jaime. Al ritmo que van llegarán al Haza de la Laguna para el medio día, pero antes, al paso por el cortijo de San Pedro se acerca Facundo, el pastor que encierra su rebaño en la corraliza de la finca familiar que Rosario, su mujer, heredó de su tío abuelo, el que fuera prior de San Pablo de Úbeda. Les cuenta que tiene las ovejas careadas en el rodal de los chaparros porque este verano están los campos más secos de lo habitual y al menos aquí “los animalicos encuentran la sombra cuando llega el medio día”. Continúan su camino y al poco, por primera vez cruzan las vías. Se escuchan en la lejanía los sonidos metálicos que produce un tren que pasa por el puente del Salado y en unos minutos les envuelve el ruido cansino de ese tren que cargado de mineral va tirado por dos locomotoras. A revientacalderas, las máquinas rugen a la vez que expulsan ingentes cantidades de vapor, cuando acometen las primeras rampas de este ferrocarril que atraviesa Mágina por un trazado de curvas endiabladas como esta que les rodea.

Segadores en el haza de la Laguna (Larva). Foto de Arturo Cerdá y Rico

Cuando llegan al Haza de la Laguna, una cuadrilla de segadores sentados sobre haces de paja se dispone a almorzar. Aún quedan horas para que el sol se ponga y vuelvan al pueblo haciendo sonar sus caracolas, así que es el momento de reponer fuerzas. Un zagal acaba de traer un cántaro de agua fresca y les acerca los hatos con las viandas, mientras que nuestros viajeros también aprovecharán para tomar un bocado. Cuando terminan, cual director de cine, Cerdá solicita la colaboración de los componentes de la cuadrilla para que formen una composición que tiene en mente. La estación de Larva y el perfil de Mágina en el horizonte enmarcan esta escena que no sólo muestra el paisaje, sino que dignifica el trabajo en el campo de estos segadores en la línea temática explorada por ciertos pintores del XIX, como Millet.

El calor arrecia, así que retoman el camino y bajo un sol abrasador atraviesan el campo de Larva hasta que por fin llegan a la casería los Palancares. Es media tarde cuando Mariquiyuela les recibe. Descuelga uno de los botijos estratégicamente distribuidos por el pasillo y se lo ofrece a don Arturo. En el exterior, el manijero escudriña en las primeras hiladas de olivas y arrancando una postura expresa su preocupación por que… “este joío verano va a secar la poca acituna que ha cuajao”. Después de un rato de conversación, cuando ya casi ha oscurecido se sientan a las puertas de la casería. Una cena ligera, un vaso de vino y una animada conversación antes de irse a dormir, que mañana les espera otra dura jornada.

Tipos en Collejares (Huesa). Foto de Arturo Cerdá y Rico

Cuando aún no ha amanecido, Arturo y Basilio montan en los caballos que previo había aparejado Miguel -el manijero- y enfilan el camino del Cortijuelo. En menos de una hora cruzan el Guadiana Menor por el vado del Hondoncillo, donde los caballos paran a beber. Momento que aprovecha Arturo para fotografiar una composición muy estética. Llegados a Collejares retrata a algunos tipos que en animada conversación ocupan el centro de un vetusto rincón formado por viejas y amenazantes construcciones de tapial.

Sin más tiempo que perder continúan viaje, pues tienen la intención de llegar a Quesada antes del medio día, así que se adentran por aquellos campos de cereal que, alternos con ordenados olivares, se extienden hasta las mismas faldas del cerro de la Magdalena. Cuando llegan al collado de Toaire Arturo se vuelve para contemplar Mágina, que pese a la distancial se sigue viendo cercana. Una vez que han rodeado el cerro aparece Quesada con su blanco caserío arremolinado en torno a la torre de San Pedro y San Pablo. Y detrás, esa enorme sierra… el gigantesco “espinazo” que se extiende desde el Gilillo hasta el Rayal enmarca la panorámica.  Llegados al destino, tomará otra imagen para la posteridad al paso por la calle de las Posás, donde sus balconadas -piensa Arturo- hacen de esta una arquitectura más castellana que la de Cabrilla.

Apenas pasará un par de días en Quesada, así que no hay tiempo que perder. Es el momento de retratar a ese hermoso niño junto a su madre conforme a la composición que tiene en mente. La que le inspiró aquel viejo cuadro que colgaba en el salón de la antigua casa de la calle Santa Ana.

En la casa que la familia Cerdá tuvo en la calle Santa Ana de Cabra (obsérvese el cuadro de la parte derecha). Foto de Arturo Cerdá y Rico

El viaje de vuelta será por Tíscar, pues quiere aprovechar para fotografiar un idílico lugar, el Pilón azul, cerca de Belerda, la aldea cuyo caserío parece que busca refugio bajo los farallones rocosos del cerro del Caballo. Después de pasar por Huesa toman el camino que va a su estación cruzando el río junto a los Picos del Guadiana. Cuando se acerca el medio día, el camino de los Arrieros va muy transitado, pues estamos en plena campaña de recogida del esparto, que ahora es cuando está espigado y más cunde arrancarlo. Los esparteros se encaminan a la cercana estación de Huesa-Alicún para vender su mercancía y en su concurrido muelle coinciden numerosas recuas de arrieros. Unos cargados con yeso de las canteras cercanas, otros con madera y otros con fruta de los vecinos pueblos de Granada.

Vista de la aldea de Belerda (Quesada). Foto de Arturo Cerdá y Rico
Destilando hierbas aromáticas en la venta de La Malagueña (Quesada). Foto de Arturo Cerdá y Rico

La “Dehesa de las yerbas”, como también es denominada la Dehesa del Guadiana en viejos documentos, seguramente haga honor a otra de sus riquezas, las codiciadas hierbas aromáticas que para la elaboración de perfumes se recolectan aquí. Un territorio históricamente compartido pese a que no faltaron las disputas como la que el concejo de Cabra libró con el marqués de la Garantía, que desembocó en un largo litigio por el que se terminó reconociendo el ancestral derecho de uso de los ganaderos cabrileños. Nuestro viajero llega al lugar donde hará noche, la venta de la Malagueña. La actividad es frenética en torno a su alambique, donde se destila durante las veinticuatro horas del día, ahora que las esencias se pagan tan bien. Otra actividad de aprovechamientos forestales que no escapa a la cámara de nuestro inquieto fotógrafo, quien registra la escena como si fuera un notario.

El sol aparece tras las cumbres de la sierra de Quesada. Es el momento de partir si queremos llegar a Cabrilla antes de que apriete “la calor”. Antes, tienen previsto pasar por La Higueruela, así que tomarán dirección a Aguas Blancas por el cortijo de Tintón y, bordeando el cerro del Predicatorio saldrán al collado de La Umbría una vez pasado el cortijo del Gamonar. Arturo compró la Higueruela al poco de llegar a Cabra. Antes fue propiedad del marqués de la Rambla, a quien seguramente lo compró junto con los montes de la Lancha y Llano de Salvador, no porque sus tierras fueran fértiles, sino porque aquí abunda la leña y sobre todo el esparto, que desde que el gobierno puso los aranceles tiene tan buen precio que los Loring compran toda su producción para exportarlo a Inglaterra.

En la finca de la Higueruela (al fondo, Cabra, Sierra Cruzada y Sierra Mágina). Foto de Arturo Cerdá y Rico

Desde aquí se ve Cabrilla como si estuviera en el regazo de la Sierra Cruzada. Esa miniatura a escala que preludia a la gran Mágina, cuyas cimas apenas descuellan por encima de la cumbre del Buitre, que pese a su modestia, desde aquí se muestra airoso. Desde tan evocador lugar resulta inevitable hacer algunas fotos. La luz acompaña en esta soleada mañana cuya limpia atmósfera comienza a perder nitidez por el humo que produce el horno recién encendido en el tejar del Royo. Sin más tiempo que perder continúan su viaje alcanzando el arroyo en las inmediaciones del barranco del Arenero, topónimo que nos sugiere que fuera este el lugar de donde se extraía la arena de sílice, materia prima para obtener el vidrio que se hacía en la fábrica que hubo a las faldas del cercano cerro del Chantre. Cruzado el arroyo, mientras acometen las primeras rampas de la empinada cuesta, Cerdá gira su vista a la izquierda y ve a Jesús en las eras de la salina cuyas aguas producen deslumbrantes destellos de blancor. Y así, entre olivares, huertos y ruedos de cereal llegan a Cabrilla.

El tejar del Royo (Cabra Sto. Cristo). Foto de Arturo Cerdá y Rico
Salina de Jesús (Cabra Sto. Cristo). Foto de Arturo Cerdá y Rico

Ahora, tras un breve descanso entrará Cerdá al cuarto de los retratos, ávido de comprobar el resultado de su trabajo por estos ásperos paisajes donde confinan Mágina y Cazorla, las dos sierras hermanas…

Acto segundo.- Barcelona, octubre de 2006. Cesáreo vive sus últimos días en la ciudad donde prosperó y mayor gloria alcanzó. Tanto en su faceta de jurista, su profesión, como en la de crítico de arte, su gran devoción. Una inquietud en la que tendría mucho que ver su gran amigo, Rafael Zabaleta.

El tiempo pasa entre recuerdos de juventud y le viene a la memoria una de aquellas excursiones, cuando recorría los campos de su patria chica junto a su amigo Rafael, el gran artista que encontró en Cesáreo a ese compañero con quien compartir lo que realmente le emocionaba. Su pasión por la pintura. Zabaleta, mayor que él, ya había vuelto de Madrid, donde cursó Bellas Artes, mientras que Cesáreo se preparaba en casa la licenciatura en Derecho. Eran aquellos años, cuando los días transcurrían lentos en el pueblo mientras pasaba interminables jornadas de estudio del derecho encerrado en una habitación de la planta superior de su casa. Rafael tenía que venir a buscarlo, algo que le venía bien, no sólo para llenar los pulmones de aire puro, sino para aliviar el alma con sus siempre enriquecedoras conversaciones.

R. Zabaleta. Paisaje de Quesada (33×44) 1957
R.Zabaleta. Paisaje de Quesada con pinos (24×31) c. 1928.

Fue una mañana de abril de 1933 cuando le pidió que lo acompañara en su búsqueda de nuevos paisajes. Cogieron la vieja moto y enfilaron la carretera de la estación para, una vez allí tomar un camino paralelo a la vía que los llevaría hasta puente del Salado. A medida que se acercaban, los campos de labor daban paso a extensos atochares que se prolongaban hasta las mismas cimas de los cerros, entre los que destacan dos que tienen el sugerente nombre de las Hermanas. Justo entre ambos se marca el límite entre los términos municipales de Cabra y Jódar, ciudad ésta que recuerda ver muy cercana cuando las suaves lomas se lo permitían en su cansino deambular por estos áridos paisajes. Sierra Mágina, con sus altas cumbres aún nevadas se yergue imponente y su bello perfil adquiere tonalidades diversas a medida que avanzan los minutos. Cuando salieron por el collado de Toaire mostraba unos tonos morados que poco a poco se tornaron en verde, primero más oscuro para después pasar a un verde más intenso que se aclaraba a medida que el sol se elevaba en el orbe.

Su madre siempre le habló del tiempo en el que se construyó este imponente puente, cuando un ingeniero francés se casó con su amiga Tremedad Pugnaire. Le habló del día que lo inauguraron, cuando estas laderas se llenaron de entusiastas espectadores de los pueblos cercanos que estallaron de júbilo cuando vieron aparecer los impresionantes trenes engalanados para la ocasión, de donde se bajaron las principales autoridades, no sólo de Jaén, sino también de las provincias de Granada y Almería. Entre aquella concurrencia no podía faltar Arturo Cerdá, quien se encargó de inmortalizar tan memorable fecha.

Pararon antes de llegar a un aprisco próximo donde Rafael aparcó la moto, tomó su bloc y muy hábilmente esbozó el paisaje que se abría ante ellos. Terminado el boceto subieron de nuevo a la moto y continuaron viaje por la dehesa de San Pablo, finca desde la que Mágina ofrece una bellísima panorámica. De derecha a izquierda se sucedían montañas con sugerentes nombres. Primero el Aznaitín, la mole rocosa que invade el valle del Guadalquivir y que tanto fascinó a Machado. Le siguen otras más modestos como Monteagudo, o el Campanario, que dan paso a la cuerda de los Cárceles que precede al Almadén. Detrás, la cuerda del Mágina da paso a la del Milagro, cabecera del Gargantón. Se llama así porque en su cima, a más de mil ochocientos metros de altitud hay un manantial. Luego, tras el valle del Jandulilla que envolviendo el macizo corría próximo, entre el punto donde estaban y el cercano valle del Atanor, se veía la Sierra Cruzada. Comienzo de ese archipiélago que prolonga Mágina hacia el Este a través de una sucesión de montañas más modestas como el Chantre y la Umbría, los Picones de Larva, la Peña del Cambrón y otras elevaciones que van perdiendo altura a medida que se acercan al Guadiana Menor hasta casi formar un vértice con la sierra de Cazorla.

Fue Cuatrecasas, el prestigioso botánico, quien dijo que Mágina terminaba en la Sierra Cruzada, asociando las elevaciones que se prolongan al Este de Cabra a la Sierra de Cazorla, así que en lo botánico ya sabemos dónde podríamos establecer la línea de demarcación, en el Arroyo Salado. Aunque la hipotética línea geográfica tendríamos que trazarla obligatoriamente en el Guadiana Menor, frontera natural que fue durante buena parte de la historia… como en los tiempos de la conquista castellana cuando los Adelantados luchaban por asegurar estas tierras en su obsesivo avance hacia el altiplano granadino. De todos modos, esas teóricas demarcaciones son difusas porque no se termina de diferenciar el territorio, ya que todo este espacio cercano al Guadiana Menor es en realidad una transición que conecta ambos macizos.

Tomaron el camino que va desde Jódar a Larva y atravesaron el Arroyo Salado, cuyo discurrir, de Sur a Norte surca todo el término de Cabra y ya por estos lares nos enseña testimonios en forma de registros geológicos y arqueológicos que nos ayudan a interpretar la historia del territorio que comprende toda su cuenca. Aquí se pararon para ver los estratos de uno de los taludes donde se ven claramente diversos episodios erosivos sin duda relacionados con la actividad humana. Un estrato de cenizas testimonia los tiempos en los que Cabra era una cuña del reino de Castilla que entraba en el territorio Nazarí, al Oeste del Adelantamiento, cuando las razzias, cabalgadas y la política de tierra quemada arrasaron estos campos que quedaron “yermos” durante tres largas centurias hasta que en 1545 el emperador Carlos mandó repoblarlos. La subida por la llamada cañada del Pino dejó ver otro testimonio arqueológico, los restos de una calzada romana de los que ya dio cuenta Joaquín Costa cuando estuvo por estas tierras. Pronto dejarían a su izquierda la estación de Larva, para poco más adelante pasar por el cortijo de la Laguna, que hace honor a esa zona endorreica donde los años de lluvias y nieves queda el agua estancada configurando una auténtica paradoja, un humedal en una de las zonas más áridas de la península. Un cabrero se echa al hombro un choto que espantado por el ruido ensordecedor de la moto, corría sin sentido, mientras que unas hacendosas campesinas fijan su mirada en los jóvenes viajeros.

R. Zabaleta. El cabrero (100×81) 1957.
Formas en tiempos de secano -Campesinas- (81×100) 1952.

La próxima parada fue en Larva, cuando sonaron las doce en el reloj del ayuntamiento estando en la fuente, momento en el que retomaron el viejo camino de Quesada. Transcurrido poco más de un kilómetro, a su paso por el cerro Castellón vieron los sillares de piedra que testimonian el pasado íbero de estas tierras. “Tierras de pan llevar” a uno y otro lado hasta que se precipitan al Guadiana Menor en constante bajada por unos atormentados relieves de suelos salinos donde la retama se reivindica compitiendo con los escasos pinos, mientras que algunos olivares de secano colonizan algunos espolones del terreno. A medida que bajamos, el perfil de los cerros que conforman la sierra de Quesada: la Magdalena, Vítar, la Mesa, o el Caballo, van ocultando las imponentes cumbres de esa segunda línea que configura la impresionante cordillera que pare al padre Guadalquivir.

R. Zabaleta. Cerro Bermejo (49×60) 1954.
Paisaje de Quesada (Fique y el Rayal) (24×32) c. 1927.

Después de unos seis kilómetros desde que salieron de Larva pasan por el Cortijuelo, por donde cruzan el río a través de un puente que comunica esta aldea con la de Collejares. Cesáreo recuerda que no muy lejos de aquí se descubrió un enterramiento prehistórico que podría asociarse al descubierto en el cerro de los Chotos, cerca de Cabra. Otro indicador de la unidad paisajística de este histórico corredor de comunicaciones por el que han transitado diferentes culturas para alcanzar, en un sentido el valle del Guadalquivir y la meseta, y en el otro las costas mediterráneas del sureste peninsular. El hambre se apodera de nuestros viajeros, así que paran junto a la venta de Juniche para dar cuenta de una riquísima carne de caza.

Zabaleta decidió alargar el viaje para tomar unos bocetos desde el puerto de Ausín, de manera que tomaron el camino que discurre paralelo a la rambla de los Rosales hasta llegar a la aldea del mismo nombre. Desde allí sale el carril que sube al collado de Vitar. Kilómetro y medio de suave ascenso hasta que el camino se convierte en un infernal zig-zag por el que van tomando altura hasta encaramarse en este collado de la sierra de Quesada donde la cota supera ampliamente los mil doscientos metros. La vista es impresionante desde aquel mirador natural. Única para contemplar el territorio que hay tras la sierra de Quesada…  ese anticipo que conecta con el macizo en el punto que marca la atalaya de Tíscar y que después se extiende por una sucesión de cimas que desde el Rayal van tomando altura. Primero el peñón del Guante y luego el Aguilón del Loco, o cerro de Villalta, donde se alcanza la cresta de la sierra. Un anfiteatro que atesora las ricas tierras de cultivo que desde el pie de monte ocupan toda esta hoya que irriga el río Quesada, que es como se llama a este curso a partir de la junta de los ríos Béjar y Estremera. Precisamente es aquí donde se encuentran las propiedades de Rafael Zabaleta. Escenarios que fueran de tantas obras, el cortijo de Fique, más cercano, y el de Béjar, junto al río del mismo nombre.

Vuelven la vista hacia el campo de Larva, al otro lado del Guadiana Menor, aún cercano. Cesáreo recuerda aquella imagen como si la hubiera visto ayer. Era como un “patchwork” de cultivos donde predominaban los tonos anaranjados que producía el sol de aquella tarde primaveral, cuando próximo a las cumbres de Mágina proyecta las sombras que dibujan las colinas sobre las llanuras. Más allá divisan Cabrilla, a la sombra que a esa hora le proporciona la Sierra Cruzada, que desde aquí se ve empequeñecida por las cercanas tierras altas granadinas. Giran la vista hacia Mágina, pero antes destaca la imponente pirámide de Alta Coloma. Después, el barranco del Gargantón se muestra como una enorme cicatriz en la cara más agreste de Mágina cuyas inmediatas cumbres superan los dos mil metros a lo largo de las dos cuerdas que marcan su rocoso espinazo, aún blanco por una tardía nevada. A medida que giran la vista, tras el Aznaitín se interrumpen de manera abrupta las montañas y el paisaje se torna campiña.

Una vez que el astro rey queda engullido por Mágina es el momento de volver. Quesada tenía ya encendido su alumbrado, igual que Larva y Jódar… y Cabrilla, cuyas luces se veían en la lejanía como si fuera un lampadario de iglesia. Aquella tarde se tornaba noche y un azul oscuro lo fue envolviendo todo. Nuestros viajeros comenzaron a bajar por el zigzagueante camino que aún se intuía pese a la oscuridad. Rafael encendió la luz de la moto e iluminó una lechuza en el olivar que anunciaba la noche. A la entrada de Quesada ya es noche cerrada, cuando unos gatos merodean por los huertos de las afueras.

R. Zabaleta. Nocturno de los gatos (100×81) 1958.

Al llegar a casa de Cesáreo, Basilio y Josefa, impacientes, les recibieron haciéndoles notar su preocupación. Rafael, ausente, levantó la mirada hacia aquella foto y pensó que podría ser una hermosa composición pictórica. Tuvieron que pasar bastantes años para ver materializada aquella imagen en un cuadro. La maternidad que le inspiró la foto que tomó Cerdá a Cesáreo y su madre durante aquella cálida tarde de julio del año diecisiete.

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Con este relato, en buena medida ficticio, he pretendido expresar que, además de ese nexo de unión entre Zabaleta y Cerdá que encarna Cesáreo, es el paisaje de estas dos localidades limítrofes el que condicionó gran parte de la obra de ambos artistas. Pues, aunque este territorio pertenece a dos comarcas, nadie puede negar que mantiene cierta unidad y una indiscutible calidad escénica, de elaboración histórica, ecológica y natural que ha conseguido mantener a lo largo de los siglos.

Por eso esta exposición va mucho más allá de la mera difusión de la obra de dos artistas. Aunque se trate de dos de los principales exponentes giennenses contemporáneos -puede que los mejores en su disciplina-, pues buena parte de las obras que aquí se exponen testimonian a las claras esa cercanía que históricamente han tenido Cabra y Quesada, como esos pueblos hermanos situados donde confinan… mejor dicho, donde conectan Mágina y Cazorla. Así que también se trata de estrechar lazos y de reivindicarnos por medio de este paisaje que, como tal, lo abarca todo y no entiende de límites ni demarcaciones.

Cómo citar este documento:
López Rodríguez, R. Un paisaje compartido por caminos de ida y vuelta. Catálogo de la exposición “Diálogos en la distacia. Cerdá y Zabaleta”. Cabra del Santo Cristo y Quesada, 2021. Disponible en: https://cabradelsantocristo.org/2021/07/27/un-paisaje-compartido-por-caminos-de-ida-y-vuelta/

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