La difusión

La difusión de la devoción

Texto de Lázaro Gila Medina

Estos sucesos tendrán una amplia e inmediata repercusión, contribuyendo a ello, además, el que ante las coordenadas sociales, políticas y económicas del momento -la España del siglo XVII, exhausta y agotada económicamente, diezmada y esquilmada su población por las epidemias, las crisis de subsistencia, con las consiguientes hambrunas, y las guerras, con nuestros ejércitos, con frecuencia, vencidos en los campos de batalla extranjeros, etcétera-, el clima de religiosidad llegue, en consecuencia, a alcanzar altas cotas de exaltación, por lo que el pueblo fiel, sencillo y abatido ante tanta calamidad, al ser el más afectado por estas adversidades, vea en la religión, en general, y en algunas  entrañables y veneradas imágenes de santos, de Cristo -y el Cristo de Burgos fue un caso singular- o de la Virgen -la Soledad del Convento de la Victoria de Madrid, obra de Gaspar Becerra, etc.- los más eficaces remedios a tantos males y desgracias.

Por eso Cabra se convertirá en un concurrido centro de peregrinación[1], ante la extraordinaria rapidez con que se difunde el suceso, poniendo para tal fin el doctor Palomino todos los medios a su alcance. Así consigue del cardenal Moscoso y Sandoval que la Parroquia sea también declarada Santuario del Santo Cristo de Burgos y él ser nombrado rector y capellán mayor del mismo. Igualmente consigue del Concejo Municipal, con unas atribuciones muy limitadas -dependerá del de Úbeda hasta 1659, cuando Felipe IV vende su jurisdicción a José de Sanvítores, hijo de Jerónimo y primer vizconde de esta villa- que se adopte el nombre actual del pueblo. Pero sobre todo pone todo su afán de estructurar y organizar, una vez obtenidas las debidas licencias, el sistema de síndicos demandantes por casi todos los pueblos de Andalucía Oriental, a fin de canalizar, sin posibilidades de pérdida, los muchos donativos en especie, dinero, mandas testamentarias, etc., ofrecidos a tan popular y celebrada imagen de Cristo -en este sentido muchos pueblos de este obispado, como veremos más adelante, tuvo su síndico-.

En consecuencia, ello sería una importante fuente de ingresos tanto para el santuario como para él, su rector y administrador, con los que iba a realizar múltiples obras de engrandecimiento de su fábrica, a fin de que el edificio resultara acorde con la alta misión espiritual que había adquirido. Incluso, -no lo olvidemos- paralelamente la parroquia y su prior iban a convertirse en unos solventes prestamistas -en el sentido más positivo del término- de su época. Así el mismo cardenal Moscoso y Sandoval, consciente de las muchas posibilidades económicas de la parroquia, obligaba al doctor Palomino a ayudar a otras, como fue el caso de la de Mancha Real.

En cuanto a las ofrendas, muchos ejemplos podríamos aducir, mas, para no fatigar al lector, sólo señalaremos algunos de los más ilustrativos. Así, en primer lugar, aunque las obras de la iglesia parroquial se iniciaron en 1587, su ritmo constructivo era muy lento porque los donativos de los lugareños, por su extrema pobreza y escaso número de vecinos, eran muy exiguos. Así, como simple muestra, a lo largo de 1626, sólo se recibieron 28 reales para tal fin, mientras que del 21 de junio al 19 de septiembre de 1642 -a los cinco años de llegar el Cristo de Burgos [1637] y en tan sólo tres meses-, se recaudó la significativa cantidad de 11.229 reales y 28 maravedís, evidentemente aportados por los peregrinos que visitaban este santuario.

Otros, en cambio, hacían su ofrenda de gratitud al Cristo de Cabrilla con algún objeto material, más o menos precioso, siendo en este sentido muy ilustrativo el inventario realizado por el visitador del obispado, D. Juan Pérez de Valenzuela, en 1646, donde figuran numerosas lámparas de plata, vasos sagrados, ornamentos litúrgicos, pinturas, etc. “…que muchas per / sonas devotas han dado[2]…”. La lista supera el centenar de piezas, donadas, especialmente, por vecinos o lugares de las diócesis del antiguo Reino de Granada. Por lo que respecta a la de Guadix tenemos: Dos lámparas de plata -una que le trajeron los vecinos de Huéscar, que pesó, según declararon las personas que vinieron a traerla, doce libras y cuatro onzas, y otra que trajo el lugar de La Peza, de seis libras-. Una salvilla del mismo metal con su pie que le dio un vecino de Huéscar y que pesó 12 onzas y media. María Ramírez, vecina de Lanteira, le trajo una tabla de manteles y un capellán de Huéscar trajo al Santo Cristo una bolsa de raso carmesí con una bordadura de oro, seda y cairel.

Con estos sentidos presentes, que aumentarán con el tiempo, al compás que se incrementa y difunde la fama y devoción al Cristo de Cabrilla -y los inventarios conservados son un claro testimonio-, multitud de peregrinos a título personal, o pueblos[3] en su conjunto le materializan su reconocimiento por algún favor recibido, contribuyendo, en definitiva al engrandecimiento de su templo, aunque hoy ya no queda nada[4].


[1] Aún se conserva en esta localidad una esbelta cruz de mármol blanco, traída en 1638 -un año después de su llegada-, por los  vecinos de “Serón del río Almanzora por su mucha devoción”, según reza en su plinto.

[2] Archivo de la Parroquia-Santuario de Cabra del Santo Cristo (A.P-S.C.S.C). Legajo, 19. (Libro I de Fábrica, 1608-1663). Esta signatura corresponde a una época anterior cuando catalogamos e inventariamos los fondos del archivo parroquial, que a su vez se guardaba en un  magnífico armario de madera, hecho para tal fin a finales del siglo XVIII. Sin embargo, hace unos años la documentación fue sacada y llevada a una lúgubre alacena de la sacristía y el armario, muy afectado por su traslado, ha perdido su función. Todo ello obra del tristemente célebre párroco, por su nulo respeto al patrimonio documental, D. Antonio Vela Aranda.

[3] Aunque algunas localidades en aquel momento no fueran de este obispado, sin embargo los incluimos aquí.

[4] Según el prior Pugnaire hasta finales del siglo XIX aún se guardaban en la parroquia numerosas pinturas, donde se narraban hechos especiales acaecidos gracias a su intervención, e, incluso, hasta hace pocos años en  el profanado armario del Archivo Parroquial existía una pequeña caja metálica con muchas piezas de latón representando brazos, manos, piernas, sin lugar a dudas exvotos al Santo Cristo.